Rev. Ignacio Hinestroza

Continuamos con este poderoso tema basado en el Salmo 133, el cual nos enseña lo
bueno y delicioso que es cuando el pueblo está en armonía, allí nos dice que Dios
envía bendición y vida eterna.
En el evangelio de San Juan capítulo 13 versículo 34, nuestro amado Salvador dijo:
“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado,
que también os améis unos a otros.” De la misma forma en San Mateo capítulo 22 a
partir del versículo 37, Cristo dijo que el segundo mandamiento después de amar a
Dios con todo el corazón es amar al prójimo como a uno mismo.

Recordemos que el gran propósito de Dios es que exista una convivencia sana,
productiva y fraterna entre todo su pueblo; si bien es cierto que las diferencias, las
dificultades y los desacuerdos pueden surgir, por encima de ellos el amor ayudará a
superar innumerables barreras.
La Palabra de Dios nos sigue dando pautas muy valiosas para que todos alcancemos
este objetivo.

A los hermanos de la iglesia en Corinto y obviamente a nosotros también, el apóstol
les manifiesta que somos el cuerpo de Cristo. Del mismo modo que un cuerpo
teniendo muchos miembros, con todo y esto sigue siendo un solo cuerpo; así mismo,
el cuerpo de Cristo, es decir su iglesia, es uno solo, compuesto por muchos
integrantes, miembros los unos de los otros, esto expresa que indiscutiblemente nos
necesitamos mutuamente.
Tanto así que el apóstol continúa exhortando al decir por ejemplo que, el ojo no le dice
a la mano “no te necesito”, tampoco la cabeza diría a los pies “no los necesito”, y que
si un miembro del cuerpo padece, todos se duelen con él.

¡Qué sabiduría y excelencia la de nuestro Creador! Para que no haya lugar a dudas, el
apóstol concluye esta instrucción insistiendo como lo dice en su primera carta a los
Corintios, “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en
particular.” 1ª Corintios 12:27.
Lamentablemente en la iglesia de Corinto, si bien es cierto que había un mover
poderoso de la presencia del Espíritu de Dios, también se introdujeron las envidias,
los celos, el rencor, las contiendas y las divisiones; de allí la urgente necesidad de
escribirles acerca de la preeminencia del amor, diciendo que el amor nunca dejará de
ser.