Rev. Ignacio Hinestroza

Continuemos hablando acerca de la exhortación que viene directamente del trono de la gracia, esto
es amar el bien y aborrecer el mal. Hemos aprendido con la sabiduría que proviene de lo alto, que
no somos morada de las cosas que son contrarias a Dios, sino que ahora somos templo del Espíritu
Santo; tanto es así que la maldad no puede cohabitar con nosotros, ni las tinieblas ni la obra de
satanás no tienen ningún tipo de relación con el pueblo que ha sido lavado en la preciosa sangre de
Jesucristo.

En los días antes del diluvio, nos dice la Palabra de Dios: “Y vio Jehová que la maldad de los
hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de
continuo solamente el mal.” Génesis 6:5; en términos muy prácticos no había nada bueno, tan
alejada estaba esa generación del Dios Eterno y tan entregada al pecado, que no había otra
alternativa sino la de que Dios acabara con toda especie viviente; esto se dio exactamente con el
juicio del diluvio universal.

Nuestro amado Señor y Salvador Jesucristo en su sermón profético del capítulo 24 del evangelio
según San Mateo, comparó esta última etapa de la humanidad con el panorama típico de los días de
Noé.
Se ha dicho que la raza humana en los tiempos finales está jugando con fuego de la ira de Dios.
Miremos unos consejos más con relación a este tema, en la primera carta del apóstol Pablo a los
Tesalonicenses en el capítulo 5 versículo 22 dice: “Absteneos de toda especie de mal.” De
manera pues, que cualquier cosa que incite al mal, debemos rechazarla inmediatamente con el fin
de no darle lugar al pecado ni a las tinieblas. Algo más encontramos en la carta a los Efesios
capítulo 5, versículo 11 “Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien
reprendedlas”

Amar el bien y aborrecer todo lo malo es el orden que nos asegura la entrada al Reino Celestial, esto
directamente nos habla de abandonar toda obra de pecado y vivir en la santidad que es la
característica más sobresaliente que distingue al pueblo de Dios, este es el mandamiento del Señor
a los suyos: “…seréis, pues, santos, porque yo soy santo.” Levítico 11:45, también el apóstol Pedro
nos exhorta de esta manera: “…Sed salvos de esta perversa generación.” Hechos 2:40